Veo una sociedad romperse la boca
desgarrando
el concreto con los colmillos de la aceptación,
veo una sociedad
que Isaac Asimov consideró
para crear
la segunda ley de la robótica.
Veo una
sociedad en el que el homo economicus
tranquiliza
sus temblores
con la
morfina de mercado fluyendo por sus venas.
Así es mi
ciudad,
el lienzo
crudo de sus paredes
es el signo
del arte conceptual,
paredes que
le dan mantenimiento
a la cultura
de la desigualdad social.
Los artistas
varones de mi ciudad
en el ornato
que son sus bibliotecas
cultivan
telarañas entre cada uno de sus libros,
ven el
monitor y con el sudor del culo humedecen la silla
mientras se
conspira el engaño
a los
espermatozoides que anhelan fundirse
con algún
óvulo pero éste no existe
en la
microscopía del azulejo.
De igual
manera las artistas mujeres de mi ciudad
cultivan
telarañas en el ornamento de sus bibliotecas
ven el
monitor y con sudor de su culo humedecen la silla,
tanto, que
sus glándulas de Bartolino piden piedad.
Los artistas
de mi ciudad
deben
inmortalizarse bebiendo la ambrosía del arte
y vomitarla
sobre el lienzo apenas imprimado de la ciudad,
pintarlo del
color que otorga la piel herida
de los seres
a quienes les desgarraron los ojos
al verse
sorprendidos cuando las lamidas del consumo
humedecían
lentamente sus orejas.
Por las
venas de todos la sangre que fluye
tiene que
ser roja como la sangre misma
que derrama
el pueblo cuando se torna violento
porque la
violencia del pueblo es autodefensa
la violencia
del que domina es una gran mandíbula
que se
disloca tanto que con una bocanada
pone en
peligro a toda la especie humana.
Así es mi
ciudad,
el “público
arte” en los museos donde se exhibe arte plástico,
son los
mismos artistas (en servicio pasivo)
el resto de
la población no se entera ni se atreve.
Prohibieron
pintar genitales en las obras de arte
prohibieron
pintar a esos mismos genitales
con sus
cuerpos abrazados en un apasionado beso,
aquello
sería despertar el interés
de los
empleados del Museo Municipal en su soledad
su soledad
lacerante, bulliciosa e infinita que incita a jugar con el eco.
Ese es el
miedo, que los empleados municipales
dejen de
jugar con el eco y empiecen a jugar con sus manos
por eso hay
que evitar los genitales, por eso hay que evitar
pintarlos
abrazados y besándose apasionadamente.
El arte
plástico de moda que se inculca
en los
institutos y universidades de moda
es el de la
estética obesa que en la soledad
devora la
pulcritud de los museos
y se deprime
cuando se le exige sinergia con un público
aletargado,
robotizado y configurado a la conformidad.
No hay arte
plástico que provoque algo más que decir: ¡oh qué bonito!
Tampoco se
derrumban las fortalezas de los museos
que cuidan
del arte a la sociedad.
Los postes
de luz de las calles y las paredes de las casas
sufren el
desamparo
están
adscritos a funciones simples como emanar luz
sufrir el
peso de la maquinaria humana
y soportar
de un lado el frío y del otro lado
las
flatulencias del cerdo que duerme.
Cuando a un
artista revolucionado
que permite
accionar la estética de su mensaje, le rompen la cabeza
los otros
colegas están viendo en YouTube las tiras cómicas de su infancia.
Los
anarquistas que lo aparentan por la A que escriben en sus chaquetas
el día de
las elecciones votan por la Derecha.
Mi ciudad es
esquizofrénica, alucinan bienestar
remando
sobre un torrente de bilis.
Un día vi
vaivenear a un billete de cien dólares
venía del
cielo descendiendo mansamente
depredadores
de guayabera se arremetían con sus hocicos,
al parecer
habían confundido el billete
con el
alimento del espíritu y de la mente.
Los sitios
donde frecuenta la juventud y se comunica
son
congelados por los subzeros
municipales
que aunque
los debilites con la coima vienen sus refuerzos
con la coraza
de su ideología más fuerte,
lanzan su
Reactivador Fantasma y los municipales se agigantan
y “parten en
dos” a los jóvenes con cruentos toletazos.
Si ya ante
la fuerza de la justa lucha juvenil, no vencen
proceden al
segundo paso: REGENERAR SUS ESTADÍAS.
Así es mi
ciudad,
en un
círculo parecido a un ring de sumo
compiten un
gigante y un escuálido
el gigante
es un marketing de guerrilla de Chevrolet
y el escuálido
es la Feria Internacional del Libro.
En el
marketing de guerrilla actúan dos mimos y una zanquera.
Los mimos
gesticulan ademanes homosexuales
y la zanquera
en falda corta desgarra los ojos de los homo sapiens.
En la Feria
Internacional del Libro hay libros
y unos
gusanos que cumplen su ciclo vital los diez días que la organizan.
Como es de
suponer el marketing de guerrilla aplasta
a la Feria
Internacional del Libro con cincuenta personas
que aunque
no compren el Chevrolet, estarán para carcajearse
de los
chistes básicos de los mimos
y para ver
si se le mete la tanga en el culo a la zanquera.
Así es mi
ciudad,
en las
fiestas bailan Soy un hombre divertido
mientras que
en las favelas que circundan sus urbanizaciones
los tugurios
cañaverales se derrumban.
Esas
fiestas, esas fiestas, ay esas fiestas…
Las personas
sobrias dicen sus mejores mentiras para realzar su ser,
ya en la
borrachera conversan:
primero, de
política
lustrando
sus ídolos y sus partidos políticos
dejándolos
relucientes con argumentos que dicen automáticamente
repetidos de
comentarios que hacen su padre de guayabera
o su madre
de vestido comprado por su esposo de guayabera.
Sin esfuerzo
de pensamiento.
Segundo, de
Emelec y Barcelona
haciendo que el uno viole al otro y viceversa
insultando
con la palabra maricón
porque su
significado es algo muy malo y merece ser un insulto.
Juegan el
Clásico del Astillero de la imbecilidad.
Tercer, de
Dios
que dios,
que mi dios, que por dios tengo este reloj
que dios me
bendice con mi primer objetivo: Mi Chevrolet del año.
Ilusos, no
se enteran que dios existe, de hecho dios existe
para que las
cagadas de la clase dominante sean limpiadas con la fe.
¿Por qué un
chico o una chica no pueden ir de fiesta
si no tienen
vestimentas de marca y nueva?
¿Por qué,
por tal motivo, se quedan en sus casas castigados por la carencia?
Difteria de
la escena:
- Hijo, hija
salgan… vayan, diviértanse,
- Papá eres
un fracasado
necesito una
camisa para la fiesta de hoy.
no tienes
100$ dólares de los Estados Unidos de Norteamérica
para mi
camisa
mi camisa…
Así es mi
ciudad,
El malecón
Simón Bolívar lo derrumbó la regeneración,
fueron a
buscar debajo de los escombros, encontraron
drogadictos,
prostitutas y ladrones
que
aparecían en la fotografía de malecón y río
que mis
abuelos tomaron a mis padres cuando eran pequeños.
Se les quitó
de la postal y del grado humanoide
porque
fornicaban, consumían drogas y robaban.
Faltó
regenerar las residencias donde la virgen de moda espera
con las
piernas inconscientes y abiertas
en los
despachos en los que se forjan los robos
que
desnutren a la sociedad.
Así es mi
ciudad,
El cholo
suda estudiando y se gradúa con nota sobresaliente
y el mestizo
blanco pasa rascándose los huevos.
Después del
bachillerato, el cholo antes del amanecer
hace fila
con traje y curriculum
busca empleo
en negocios multinivel
y el mestizo
blanco con la mujer más guapa
pasean en el
Chevrolet del año.
Eso en el
caso de los hombres guayaquileños.
En el caso
de las mujeres guayaquileñas
lo importante
es mantenerse atractiva
para conseguir
pasear en esos Chevrolet del año
que conducen
los mestizos blancos y algunos cholos enajenados
que se
maquillan con talco rico el rostro.
Así es mi
ciudad,
La
mendicidad, la delincuencia y la precariedad laboral
tienen
color, el color del petróleo y el color de la tierra.
Las
universidades privadas y las oficinas muebladas
donde
trabajan congelados por el aire artificial
también
tienen color, el color blanco del algodón
y el color
que deja el talco rico sobre el color
de la tierra.
Felizmente existe
lo contrario
El negro y
cholo y el indio que ataja el racismo
que se
esfuerzan y traspasan los envites del lenguaje castizo
Negrito,
Cholo, Indio.
El mestizo
blanco que escucha Víctor Jara
la mujer que
es bella por los brincos de su espíritu
por su
trabajo, por su resistencia y por el halo de su inteligencia.
Negrito,
cholo e indio
algún día no
tendrán necesidad
de construir
endebles chabolas para coexistir
sobre los
promontorios perimetrales de la ciudad,
sus manos
están hartas en la metrópolis
siempre creando
estancias de mendicidad
que a los
blancos, mestizos y cholos enajenados
les causa
nausea.
Así es mi
ciudad,
el verdor lo
ha suplantado el adoquín y el pavimento
la desforestación
nos escupe calor, nos enfriamos en el mall
se disfruta
el paisaje fluvial tambaleando sobre la balaustrada,
el ser humano,
en el automóvil, perdió el derecho de sus piernas.
¿Cómo es mi
ciudad?
En el exilio
¿qué autóctono disfruto cuando la morriña?
¿Lágrimas
negras? y que un cubano se me burle ¡No!
La bachata y
el vallenato están muy vendidos y perdieron el folclore
tampoco los
escuché al parir
¿Qué escuché
al parir? ¿Existe la música de mi ciudad?
Existe. No
se ha prostituido, algo peor
ha muerto,
la alienación la mató.
J.J., brindemos
por eso.
Así es mi
ciudad,
Googleé la palabra Huancavilca
para
mostrarle a mi hija guayaquileña – vasca
de dónde provenimos,
cuáles son nuestros ancestros,
lo que vimos
no correspondía a nada:
El logo de una
radio de amplitud modulada;
la foto de
un futbolista, fotos de esculturas preincaicas de barro;
el plano
urbanístico de una nueva cooperativa del nombre: Huancavilca;
fotos de
festivales científicos colegiales donde los estudiantes
representan
y exponen las teorías de las culturas precolombinas
para
exonerarse en la materia de Historia; la foto de un perro pitbull.
Mi hija
estaba esperando que le diga algo,
creo que
hasta se olvidó lo que yo le quería demostrar
ella veía la
pantalla del móvil tan solo por inercia.
Tiene cinco
añitos. Cómo explicarle
que los guayaquileños
venimos de la unión de un tigre
y dos diosas
de la fertilidad: Sacachin y La Tetona.
A mí nunca
me ha traído un regalo algún personaje misterioso
como a ella cada
año le lleva a su casa el Olentzero.
Nunca he ido
a un ritual secular, mi lengua ancestral es el español,
“español”
palabra gentilicio del nombre de un país que no es el mío,
no se habla
el ecuatoriano, “ecuador” tampoco es un sustantivo propio,
en España lo
utilizan para referirse a la mitad de cualquier cosa.
Suelo soñar
despierto celebrando el 9 de octubre
comunicándonos
todos en el idioma de la cultura Valdivia
semidesnudos
con calzones hechos a mano en el malecón,
danzando un
ritmo de tambores en la plaza Olmedo
con los
vientres unidos como en una lambada
vociferando un
mantra de ritmo procreador
como en Sacachún
junto al Guayas uno por uno, miles
frotándonos
con el monolito ancestral de la prosperidad
y los
gringos contemplando absortos tomando distancia
con el ritual
domado por el calor que trae la tarde húmeda
y el olor
denso del hervor de los cangrejos
sacrificados
por el más anciano en el primer destello solar
sobre el
manso río.
Así es mi
ciudad
Al atardecer
del 9 de octubre la luz eléctrica titila apenas
de los
bombillos y de los faroles hasta encenderse plenamente
al anochecer,
en la oscuridad inevitable del cielo, debajo
en la Zona
Rosa los bares y sus puertas cerradas
como ojos de
un cadáver ávidos de actividad comercial
se
asfixiaron y en sus letreros se han formado piedrecillas grises de neón.
El camino
oscuro conduce a un solar vacío donde muchas ratas
al escuchar
las pisadas huyen, se escabullen entre la basura.
Todo el día es
un largo silencio hasta que a las 20:00 horas
el municipio
que días antes con mucho esmero intelectual
planificó
contratar una increíble coreografía de
miles de fuegos artificiales
16.000 tiros al cielo que causan la
misma cantidad de efectos distintos,
más 15.000 ‘rockets de colores’ más
de 15 minutos[1],
impresionante.
Después del
espectáculo visual cada quien regresa a su casa
a consumir
la novela insulsa del momento,
otros, regresan
a sus casas a verse las caras, a tomar el café
o a comentar
lo fascinante que eran las fiestas
las patronales
y las de independencia:
el
campeonato de índor por la mañana,
los
ensacados, el huevo en la chuchara, el baile de la silla
la verbena, el
baile por la noche sobre la cancha de índor,
la salsa, la
cumbia, el tecno a todo volumen, las serpentinas,
las guirnaldas,
la cinta de plástico con los colores celeste y blanco
tendidas de
poste a poste de alumbrado público,
de ventana a
ventana de cada casa…
Aquello que
casi siempre acababa en líos de machos,
borrachos y viejas
altaneras.
Así es mi
ciudad,
en las
fiestas, en explanadas atiborradas de gente semi-asfixiada
levantan
tarimas donde la Alcaldía o el Gobierno
traen a los
artistas de moda, sí esos que le quitaron el folclore
a las
melodías bucólicas de Latinoamérica, esos
que al igual
a un programa vespertino de farándula
embrutecen a
la gente.
Así es mi
ciudad,
A la ardilla
le han regenerado su guarida, ella arde
boquiabierta
parece que jadea que tiene sed,
los niños
están asustados,
esa ardilla
parece mortalmente deshidratada.
El cocodrilo
se estremece, escucha el grito de los niños
desde el
pantano que el crecimiento urbano le ha dejado.
Al lado de
la guarida regenerada un garrapatero
emprende
vuelo desde un deshojado ceibo,
Los niños
gritan hacia el cielo:
A dónde
vuelas gacho garrapatero, no mueras
primero bebe
en esta pileta.
Los niños
señalan una pileta que han imaginado,
ellos lo
toman a juego, cosas de niños, imaginar cosas
pero la boca
de sus corazones y la boca de sus cerebros
también
jadea.
Todos hemos
alucinado piletas en esta ciudad
y se nos
mueren las ganas de conocer el mundo exterior.
[1] https://www.eluniverso.com/noticias/2017/10/08/nota/6419812/mas-30000-destellos-cielo-guayaquil-fiestas

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