En cada momento
una mordida de
experiencia
segrega toxinas de
amnesia.
En el olvido, la
mente se purga
de recuerdos
que crispan en su
fin.
Mi sexo sepultó
navajas
en todos los ojos
por donde pasó mi
lengua,
y la sangre fluyó
de esas miradas
pintando de rubor a
estas
cuatro paredes
donde llevo tiempo
perdido en el vacío,
camuflado con este
traje blanco
aislado de la
circunstancia
que me ha construido
este encierro.
Detesto la luz del
velador
que parodia el
amanecer
y también detesto,
acto seguido
el resplandor sobre
la pared
donde algún día
escribí lo siguiente:
Soy una estampilla
de un correo que nunca llegó,
de un cartero que nunca nació
de unas letras que no tienen idioma.
El momento repta
y desde lo alto el
placer
crea una nueva
experiencia
y suelta una daga que
cae
y se entierra en este
lugar de hastío:
la carne de los seres
que fui.
La muerte entona
las melodías de su
existencia:
The danse macabre, O death,
Ailein duinn, Réquiem… o lo que sea que
huela
a la mortecina que
mitiga el hambre
de los perros
callejeros.
Ahora es la época
que siempre pensé que
venía
la de perennizarme
sobre lo putrefacto
donde surgen todos
estos versos
que intentan provocar
estética
desde la miseria.
Pero sé, que la
muerte va a preferir
dejarme en las manos
de la existencia,
ante eso, tan solo
anhelo los labios de un alma depresiva
para centellearnos en
una necrofilia mutua.
En mi interior
los engranajes del
pensamiento
rotan el carrusel de
la locura,
la tristeza me pide
dulces
pero son tan caros
que no se los puedo
comprar
¡Al menos tenemos
asegurada la pobreza!
El recuerdo sexual y
además
lidocainómano
extingue el dolor de
ser amante
del Todo obeso,
empachado de estupideces
con las que nos
embriagamos de felicidad.
Pero ahora ante el
olvido
me atengo al vacío
abonado
por la capacidad de
mi existencia.
Mientras intento
responder
todas las preguntas
que he anotado
durante este encierro
creo ver entre mis
dedos
la fotografía de un
vagabundo
cagando sobre un
retrete instalado
en el abandono.
Las respuestas yacen
en las gotas de la
letanía
que cavan abismos en
la mente.
Y la única respuesta
que llegará intacta,
sin revelarse
hasta mi muerte
reflexiona encadenada
en el patio del subconsciente.
El vacío bien abonado
por mi existir
me cobija del glacial
de la utopía
escrita con el
lenguaje del amanecer
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